Atravesaba los callejones con la rápidez y astucia de una gacela que persigue a su presa. Con la única diferencia de que ella no perseguía a nadie, ella era la presa. ¿Quién la perseguía? Ahí estaba su problema, no sabía quien era su rival, no conocía las características de su enemigo, de haberlo sabido habría escapado hacía tiempo o incluso habría acabado con él. Había pasado su infancia luchando por la supervivencia entre las calles de una gran ciudad, y eso le había dado cualidades que nadie más poseía. Con sólo una mirada podía saber la velocidad aproximada que podía alcanzar una persona corriendo, podía saber si eres capaz de saltar desde el tejado de un edificio a otro. Una mirada suya penetraba en tu alma, recorriendo cada rincón, descubriendo cada secreto por muy oculto que estuviera. Le bastaba mirar tus ojos para saber si eras o no una persona de fiar, con tan solo intercambiar unas palabras contigo podía adivinar tantas cosas sobre tí que pensarías que es una especie de espía. Y ahora, ella, la mejor superviviente estaba siendo perseguida por un desconocido, y él llevaba ventaja. ¿Cómo había llegado a tales extremos?
Paró ante las escaleras de hierro que ascendían por la pared lateral de un edificio. Opción uno, subir las escaleras hasta alcanzar el tejado y seguir huyendo de su oponente. Opción dos, quedarse ahí esperando a que su perseguidor apareciese para atacarle.
Escondió un mechón castaño tras su oreja, la perfecta coleta que llevaba minutos atrás había comenzado a deshacerse.
"¿De qué te serviría seguir huyendo? Sólo prolongarías más ésta estúpida carrera. Sé valiente, enfréntate a él. Y acaba con esto de una vez." Se dijo a sí misma. Siempre se había dejado llevar por su instinto, así funcionaba; su mente le ordenaba hacer algo prudente, su instinto le alentaba a lanzarse contra el peligro. De momento, su instinto nunca se había equivocado, y ésta vez no sería la primera.
Se escucharon pasos a su espalda, el sonido que producían las suelas al rozar el asfalto se detuvo a escasos metros de ella. Sentía su presencia, sabía que había alguien tras ella. A juzgar por el sonido de sus pasos y la sombra que se reflectaba sobre el muro del edificio, diría que era un hombre; alto, y bastante musculoso.
Se giró, su mirada celeste se clavó en aquel que la había perseguido desde la otra punta de la ciudad. Como había predecido era alto, tal vez un metro ochenta, puede que unos centímetros más. Era rubio, lo sabía porque la luz del sol incidía en su cabello haciéndolo resaltar en la negrura del callejón. No podía ver su cara, ya que la figura estaba a contraluz, pero pudo advertir una sonrisa en su rostro.
-Leah.-El susurro del chico atravesó sus odios como un rayo atraviesa la oscuridad en una noche de tormenta.
Esa voz, ese timbre grave y dulce al mismo tiempo, ese tono cínico al hablar...¿De qué le sonaba?
-Sabes mi verdadero nombre...-Contestó ella, perpleja. Tras la muerte de sus padres, cuando comenzó su supervivencia en la calle, decidió cambiarse de nombre. Todos la conocían como Ruth, pero ese idiota sabía su nombre real.
-No podría olvidarlo aunque quisiera.
No contestó. Se acercó más al chico, dejando apenas unos centímetros de distancia entre sus cuerpos. Fue entonces cuando vió su rostro.
-¿Asustada?
-Sorprendida.
Miró sus ojos, esos perfectos ojos almendrados que tanto le habían gustado.
-¿Qué haces de nuevo en la ciudad?
-Motivos laborales.
-¿Y tus motivos laborales implican mi presecución?
Sonrió. Estúpida sonrisa cínica.
-Eso era por diversión.
Leah giró, dándole la espalda al chico comenzó a caminar hacia el final del callejón, que desembocaba en una calle comercial.
-No me habías reconocido.-Parecía una pregunta, pero sonó como una afirmación. Y ambos sabían que era una afirmación, echa para restregarle a Leah que él era el único que conseguía debilitar sus instintos.
-Te había olvidado.
-Qué pena, yo no te olvidé a tí.
-¿Debería creerte?
-Tal vez sí, tal vez no. Ya me conoces.
Sí, le conocía, y precisamente por eso sabía que pocas veces era sincero. Mentir era una de sus cualidades, y no había ni un mínimo gesto que lo delatase cuando mentía; un leve temblor en el labio, un rápido parpadeo de más, una pequeña gota de sudor descendiendo por su frente...nada.
-Estoy ocupada.
-¿Haciendo qué?
-Mi trabajo.
-¿Robar papeles estúpidos es un trabajo?
-Eh, te recuerdo que tú haces lo mismo.
-Error, estoy bajo el mando del mismo jefe. Pero no hago el mismo trabajo que tú.
Lo sabía, él era tres categorías superior a ella.
-No tengo tiempo para tí, adiós.
La esbelta joven desapareció por la puerta acristalada de un edificio de varias plantas. Parecía un edificio de oficinas, pero no lo era. Era la sede de un negocio que pocos conocían, ocultado a la prefección.
-Tan esquiva como siempre.
Una sonrisa apareció en el rostro del chico antes de que éste desapareciera en la calle, mezclándose con los mortales que hacían sus qué haceres diarios.